Sobre el suicidio (I)

Sobre el suicidio (I)

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Porque ese cielo azul que todos vemos,

no es cielo, ni es azul. ¡Lástima grande

que no sea verdad tanta belleza!

B. y L. L. de Argensola

 

Acompañar la cadena de pensamientos que se desata en la mente del suicida; comprender sus argumentos, sus motivos y asentir atónita a sus razones una a una – he aquí algo que le resulta no solo posible sino inclusive fácil y espontáneo a la inteligencia meditativa.

Es que la inteligencia se curva sobre la realidad y observa el nacimiento… pero mira más allá y ve la decadencia, la finitud y la muerte. Cuando el odio, la injusticia, la ignorancia y en fin el mal en todo su oscuro espectro se presenta en su más honda profundidad a la consciencia que despierta, entonces el-fin-de-todo se vuelve una alternativa sensata y razonable. Y lo mismo ocurre con el suicida. 

Hay motivos. Hay buenos, y de hecho excelentes y múltiples motivos para simpatizar con el suicida, acompañarlo en la angustia difusa, en la herida, en el aullido; en la intensión y sobre todo en el deseo. Por un lado, negar la existencia se muestra en tantos sentidos preferible a afirmarla, perpetuarla, ¡mucho menos multiplicarla! “No nacer es lo mejor; pero cuando un hombre ha visto la luz del día, lo mejor es que regrese con la mayor velocidad posible al lugar de donde vino”, como dice el poeta.

Sin embargo, simultáneamente hay una fuerza inescapable que empuja a la vida, una mirada que se apoya en el lado luminoso: en la flor, en la abeja, en la gota de agua brillando, transparente, al trasluz; en la inmensidad del océano; en las variedades del azul. Por otro lado, y aún antes: hay una “voluntad de vivir” que lucha por manifestarse y es poderosa “Porque existe el vino y el amor, es cierto”, como dice también el poeta. Y también en este caso hay motivos; buenos, excelentes y abundantes motivos.

Lo curioso es que la fuerza vital es justamente una fuerza, en amplia medida indefinida. No es inteligencia, no es consciencia (al menos inmediatamente), sino más bien un torrente emocional emanando desde el centro del alma misma – una fuerza bruta, si se quiere, que guerrea contra la angustia difusa; un impulso y luego una inercia, una potencia que llega, incluso, a ser ardiente e incontrolable deseo de inmortalidad. Así se teje la historia, y también las biografías.

Pesimismo teórico, optimismo práctico – repite el filósofo, para conjurar el hechizo. Para librarse de la radicalidad, la parcialidad y el extremismo… y se siente a gusto de simpatizar con el suicida pero mantenerse sujeto moderado. ¿Cobarde, le dicen? En todo caso virtuoso, responde. Equilibrado. Aunque su equilibrio sea sabidamente vulnerable.

Tal es la condición del ser pensante: sujeto a la paradoja por todos los flancos. Eros y Tánatos. Impulso de vida e impulso de muerte. 

Ese mismo cielo nocturno que suscita la maravilla y la reverencia provoca el temblor y el espanto.

 

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