Crónicas Millennials (I)

Crónicas Millennials (I)

El computador (en general en conjunción con el celular e, intermitentemente, con la tablet o el kindle) es una especie de exocerebro del sujeto así llamado millennial.

Somos millennials los nacidos entre 1980 y el año 2000. Generación Y, también se nos dice. Y conste que si me permito la primera persona, en general tan limitada y limitante fuera del universo poético, es porque la categoría me incluye de lleno. Desde que supe de ella, de hecho, no ha dejado de inquietarme. Me dispongo por lo tanto a tratarla analíticamente con cierto cuidado metódico.

Los dispositivos electrónicos funcionan como una extensión del proprio cerebro. Un exocerebro, decía. Funcionan, antes que nada, como un procesador externo de datos que trabaja en paralelo al cerebro biológico en una extraña simbiosis. Simbiosis aún no del todo explícita, pero profunda si bien se observa.

La biblioteca de Babel está allí disponible (solo el acervo Kindle contiene más de 5000 ejemplares) constante e inmediatamente. Hay también todos los diccionarios y enciclopedias y toda la prensa del globo, permanentemente actualizada. Traductores, correctores automáticos, motores de búsqueda y aplicativos diversos se encargan del trabajo pesado, ahorrando un tiempo precioso.

Llevo mis dispositivos cuando viajo. En aeropuertos y terminales de autobús me congrego alrededor del totem que dispensa energía eléctrica a cargar baterías, cual en un bizarro acto de religiosidad contemporánea. Carga completa. Busco un Starbucks donde accesar internet libre para dar un refresh, descargar mensajes importantes y responder alguno si es el caso. Miro alrededor: tanto el totem como el Starbucks están minados de otros que, al menos a golpe de vista, parecen estar haciendo lo mismo que yo.

Por suerte, los dispositivos son cada vez más compactos, livianos y portátiles. Recuerdo el inicio, cuando deseaba locamente la extinción de los cables. Pues está sucediendo. El bluetooth erradicará indefectiblemente los cables. Los wearables serán cada vez más frecuentes. Todos sabremos por fin qué es un implante neural.

Los dispositivos funcionan, además, como memoria externa. Están allí Mis Documentos, que contienen todas las versiones de todos los temas tratados hasta ahora, en archivos más o menos organizados, eternamente disponibles para ser reeditados. Pero eso – que no es poco – no es todo, ni lo más fundamental. Están allí Mis Imágenes. Lo que sucede con las imágenes es particularmente interesante. En este sentido, la memoria externa del sujeto millennial es total… en todo caso, más rica en detalles que nunca antes y más poderosa que la memoria humana no mediada por la máquina.

El fondo de pantalla baraja aleatoriamente fotografías tomadas en los últimos 10 años. En otros momentos GooglePlus se encarga de evocar algún recuerdo.

Reflexiono:  La distancia que nos separa de los bots es máspequeña de lo que parece. La inteligencia artificial atraviesa a la natural en todos los aspectos de la vida cotidiana y estamos, en los albores del Siglo XXI, ligados a la máquina mucho más de lo que creemos.

La incorporación (¿fusión?) al organismo será un paso más – de ningún modo un comienzo.

La simbiosis se ha gestado a finales del primer milenio; en las primeras décadas del segundo, se vuelve cada vez más visible; en los primeros siglos, seguramente el exocuerpo y el cyborgismo se tornen moneda corriente.

Los chips, con su tendencia a lo micro – y lo nano – se acoplarán al cuerpo. Nosotros vivimos la transición –  o al menos somos testigos de ella. Piercing de chip, y upload a la nube. El sueño del transhumanismo.

Vértigo. Vértigo y deliciosa adrenalina. Pero a su vez peligro. Peligro, miedo profundo y urgencia.

Y eso sin considerar Cambridge Analytics.

 

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